Blogia
El Blog de Josue Fernando V. J.

RECUERDOS DE FAMILIA

LAS FAMOSAS TARDES EN EL TALLER DE MECÁNICA

Recuerdo que cuando contaba con 8 años de edad y hasta los 10 más o menos, la partida mi padre por las tardes, a su taller de mecánica del populoso y antiguo distrito de Breña, era algo que me empezó a llamar la atención. Resulta que, como a cualquier chiquillo de esa edad, me daba curiosidad por saber cómo trabajaba él tratando inconcientemente de imitarlo ya que el trabajo requería fuerza física, y yo admiraba esa cualidad de mi padre.

Por esos años yo pedía a ruegos a mi papá que me lleve por las tardes a su taller, pero él me lo impedía porque pensaba que debía dedicarme a los estudios, especialmente en primaria. Me decía que cuando sea más grandecito me llevaría con él y lo podría ayudar en cosas sencillas. Yo aguardaba emocionado ese momento de tomar las herramientas y arreglar bicicletas u otros vehículos menores que había visto cuando íbamos de pasada con mi madre al taller.

Pero llegó la adolescencia y con ella los cambios característicos que tenían que ver también con la psicología, los ideales, los gustos y... los amigos del barrio. Es cierto que cuando inicié a ir al taller con mi papá me gustaba raspar y lijar las pizas de las bicicletas para que él las pintara después. Posteriormente aprendí a desarmar, dar mantenimiento y armar dichos vehículos, pero las cosas fueron cambiando en mi y también mis gustos por utilizar las tardes con mis amigos.

No sé exactamente cuándo fue que empecé a aborrecer los llamados de mi papá para acompañarlos al taller, pero sí me acuerdo muy bien cuando llegadas las 3 de la tarde mi padre se despertaba de su siesta, entraba al baño para desaguar, se despedía de mi madre y al salir a la puerta de la casa lo primero que hacía era dar varios tronantes silbidos que dejaban medio sordo a quien estaba cerca a él.

A veces, calculando el horario, me iba con mis amigos a pasear a algún parque cercano hasta que estaba seguro que mi padre se había cansado de llamarme y había partido sin mi. En otras oportunidades me escondía detrás de los carros estacionados frente a la casa y algunas veces recuerdo haber metido mi cuerpo delgado al ropero, debajo de la cama o en el baño de servicio. Lo cierto es que mi objetivo se cumplía, aunque a veces sabía lo que me esperaba a su regreso por la noche; mi esperanza era que al llegar mi padre, luego de tomar su cena, se vaya a la iglesia y al retornar a casa ya me encuentre dormido.

Las tardes en el taller se convirtieron en una "pérdida de tiempo" para mi que mejor hubiese sido pasarla jugando fulbito con los amigos, haciendo carreras en bicicleta o yendonos a mirar televisión a la casa de uno de ellos. Por lo menos así pensaba por esas épocas, hasta que me di cuenta que el taller no era sólo lugar de trabajo forzado, sino también la oportunidad para conocer a alguna simpática chica que iba a dejar su bicicleta para reparación o pintado; yo era medio vergonzoso, pero una chica linda nunca se me pasaba por alto, a pesar de estar con ropa de trabajo que, como sabrán, no era la mejor presentación ante una damicela de barrio pituco. Pero esa... es otra historia. ¿Qué recuerdos no?

RECUERDOS MUSICALES DE MI QUERIDO VIEJO 2

Una característica de mi papá fue su contacto con la música. Nunca la estudió pero tenía un oído prodigioso porque sacaba las cuatro voces básicas (melodía, segunda, tenor y bajo) para ensayar con el coro que dirigía en la Iglesia Evangélica Peruana de Magdalena, su iglesia de toda la vida. Mis recuerdos me llevan a algunos días de la semana en las que le oíamos ensayar las voces. Algunas veces eran viernes y sábados en la noche y otras los domingos en las mañanas muy temprano, antes de ir al culto.

Do-re-mi-fa-sol-la-si-do / Do-si-la-sol-fa-mi-re-do / DO (alto)-do (bajo), era lo primero que hacía y quedó como un sello en los oídos de todos sus hijos. Después solfeaba un poco y luego de un tiempo lograba sacar las cuatro notas para el coro que tenía que ensayar el domingo en la tarde.

Verlo en los ensayos del coro era otro cuento porque primero empezaba dirigiendo una oración, después hacía oír el himno con la ayuda de algún organista, creo que la que mayor apoyo le dio en los tiempos de nuestra "chiquititud" fue la hermana Elsa Ballón, una mujer con buen sentido del humor, pero a la vez recta y eficiente en su labor musical; fue mi maestra de la Escuela Dominical por varios años y dejó buenísimos recuerdos pedagógicos que hasta ahora recuerdo, usando su infaltable pizarra forrada con franela verde donde ubicaba las figuras de las historias bíblicas que nos iba relatando con mucho talento.

Siguiendo con los ensayos, mi padre no sólo hacía ensayar por horas al coro, sino que también era exigente, pero no del tipo renegón, sino del que sale con una broma que hace reconocer a alguien que se equivocó su error y a corregirlo. Habían jóvenes y personas mayores en el coro y puedo afirmar que pasaron varias generaciones como miembros del famoso coro, que en sus mejores tiempos participaba en concursos a nivel de iglesias de la IEP.

Otro acápite respecto a la música es que desde adolescentes nos enseñaba himnos especiales a los tres hijos varones que con él hacíamos un buen cuarteto que presentamos números especiales en nuestra querida IEP de Magdalena. Mi hermano Samuel cantaba la primera voz, Eduardo hacía el tenor, a mí me tocaba hacer la segunda y mi viejito entonaba el bajo. Así que los Vivanco’s llegaron a ser conocidos por su talento musical. No recuerdo cuánto tiempo duramos presentando canciones en la iglesia, pero fue una experiencia inolvidable.

Diré con modestia que el único miembro del cuarteto Vivanco que llegó a ejecutar instrumentos como acordeón, teclado y guitarra fue su humilde servidor, después en la familia mi hermana Sarita me destronó porque estudió Ministerio Musical y podía dar clases de música, sólo que en ese entonces yo ya no era un niño para empezar a tocar instrumentos leyendo música, todo lo sacaba al oído, así que no llegué a ser su discípulo, pero me sirvió mucho el oído musical que heredé de mi papá.

Cuando estuvimos en su velorio, los hermanos de la iglesia decían que mi padre ahora se encontraba dirigiendo el coro del cielo. Qué buena imagen que se les ocurrió, seguro que el hermano Fernando Vivanco Torres dejó huellas en varias generaciones. ¡Gloria a Dios!    

SALVADOS POR UN PELO

Cada feriado era para mi familia, compuesta por seis miembros, una salida de paseo, a buscar el sol en Chosica si era verano o a refrescarse en una playa del sur si era invierno. Mi padre tenía un auto Ford color verde claro al que le habíamos puesto de apelativo "El avispón verde", en el cual nos trasladábamos con mucha bulla y alegría al destino señalado. Antes de salir a cualquier lugar, mi papá dirigía una pequeña oración dentro del carro y listo, salíamos cantando un coro cristiano conocido por todos.

Recuerdo que ese día salimos además acompañados de mi tía Susy, hermana de mi mamá e íbamos llenos en la parte trasera del vehículo. La rutina era llegar al grifo más cercano de la casa, echarle gasolina al tanque y verificar el aire de los neumáticos. Nos dirigíamos a Chosica. En la carretera siempre parábamos el auto para comprar frutas en Yerbateros, plátanos, naranjas, mandarinas y a veces uvas.

Mis padres estaban acostumbrados a cargar en la maletera con los alimentos preparados desde muy temprano por mi mamá. La clásica comida era Arroz con Pollo, ensalada, frutas y mucho líquido. Nosotros llevábamos nuestros implementos deportivos y muchas ganas de divertirnos, sólo cuidándonos de las capturas de mi papá que quería meternos a todos a la piscina, como jugando, pero a la fuerza.

Pasamos Vitarte después de visitar por unos momentos a los tíos Pedro y Jobita, luego partimos rumbo a nuestro destino. Ese día había muchos carros que viajaban como nosotros. Mi madre, con su serenidad a toda prueba, a veces le decía a mi papá: "con cuidado Fernando, nadie nos apura", ya que a él al ver la carretera despejada se le daba por aumentar la velocidad.

Resulta que al pasar Santa Clara, había una fila de carros que trataban de pasarse unos a otros aprovechando los pocos espacios a los costados. Cuando llegamos a cierto lugar donde se divisaban campos de sembrío por ambos lados de la pista, nos damos cuenta que la fila de autos estaba yendo a velocidad y mi padre por supuesto no se quedaba atrás.

De pronto vemos que unos autos más adelante de nosotros empiezan a frenar intempestivamente y como estaban cercanos, me imagino no guardando la distancia debida, suceden los choques de uno a otro. En ese momento, cuando todo hacía suponer que nosotros lógicamente seríamos parte del acordeón de vehículos aplastados, no sé cómo y en qué momento, veo a mi papá hacer una acción malabarística, girar el timón hacia el carril de la derecha y con las mismas volver a girar hacia la izquierda para no caer en el sardinel de la carretera.

En el momento en que hacía esa maniobra, me acuerdo como si fuera una película en cámara lenta, que el auto que estaba detrás de nosotros chocaba al que estuvo a nuestro delante y le abría la maletera con el impacto. Más atrás los demás autos se chocaban unos a otros. Después de unos segundos mi papá pudo estacionar su carro a un lado de la carretera para ir a auxiliar a los heridos.

Bajamos del carro y nos dimos cuenta que el choque había dejado una veintena de autos chocados por delante y por detrás. La causa principal fue el reventón de una llanta del primer auto que empezó a frenar y todos los demás se le vinieron encima. A nosotros por ser pequeños, no nos permitieron observar los heridos y demás daños, pero me acuerdo mucha gente llorando, los bomberos y patrulleros llegando a auxiliar a los heridos y todo un caos vehicular en la carretera principal de Lima al centro del país.

Mi papá, después de todo el ajetreo, volvió al auto y dirigió una oración de gratitud a Dios por salvarnos del accidente. En el camino nos contaba que él, al ver los choques delante suyo y que era casi seguro que él también entraría en la seguidilla de autos aplastados, sólo pensó salir de ese carril e hizo lo mejor que pudo no estando seguro si iba poder evitar el choque.

Él atribuyó a Dios toda la maniobra porque, según lo veía, era imposible que estando tan cerca del auto delantero pudiera salir sin rasguño alguno, pero así fue. Todos quedamos con la misma sensación de gratitud al Señor y reanudamos el viaje a nuestro destino.

RECUERDOS MUSICALES DE MI QUERIDO VIEJO 1

El primer recuerdo de mi padre ligado a la música fue cuando yo contaba con alrededor de 7 años de edad. Fue un día 24 de diciembre de 1965, noche de navidad en que la familia tenía la costumbre de repartir los regalos a las doce de la noche. Confesaré mi egoismo al revelar que no me acuerdo el regalo que les tocó a mis 3 hermanos, pero sí que a mi me compraron un organo pequeño a pilas. Era de color crema con una tapa de plástico transparente encima que al abrirlo empezaba un sonidito que avisaba estar listo para tocar. Sus teclas eran delgaditas y tendría como tres o cuatro octavas.

No sé si mis padres se imaginaron, descubrieron o simplemente querían despertar en mí el amor por la música. Ahora que recuerdo, posiblemente intuyeron que me gustaría porque, como me contaban después con mucha gracia, cuando tenía como dos o tres años de edad, cada vez que se caía al suelo una tapa de olla en la cocina yo decía: "tilin, tilin, cayó la tapa". Lo cierto es que ese regalo me llenó de mucha satisfacción.

Recuerdo que al día siguiente de recibir mi sonoro regalo, fuimos con toda la familia a visitar a mis tíos Pedro y Jobita, ella era hermana de mi madre y vivían en Vitarte, como a una hora de viaje de Lima, en automóvil. Antes habíamos recogido a mi tío Gaudencio, otro de los hermanos de mi madre, y juntos enrumbamos hacia el Nor-este de la capital peruana.

Al llegar, después de los abrazos navideños y en medio de la conversación de los adultos, alguien me preguntó cuál había sido mi regalo. Fue entonces cuando saqué mi pequeño teclado, le puse las pilas, abrí la tapa y me dispuse a ejecutar una melodía eclesiástica conocida por todos, el coro: "Alabaré, alabaré". A los 5 minutos ya había dominado la melodía y la repetí muchas veces emocionado de que me resultara sencillo hacerlo.

Fue la primera melodía que toqué y la sentí como una experiencia extraordinaria, allí descubrí que ese talento iba a acompañarme toda mi vida. Cuando ya el pequeño organito me quedaba chico porque me faltaban teclas para seguir sacando canciones, mis padres me compraron otro instrumento más grande, pero esa... es otra historia.

La música ha estado ligada a mi vida hasta ahora, pero me sirvió muchísimo en el ministerio eclesiástico que desarrollé posteriormente. Doy gracias a Dios por el don que me concedió, a mis padres por intuirlo acertívamente y a las iglesias que me dieron la oportunidad de servir al Señor y compartir con algunos niños y jóvenes este conocimiento musical.    

RECUERDOS DE UN TÍO ESPECIAL

No sé cómo ni por qué es que tengo dentro de mis recuerdos un momento y sólo ese, que viví junto a mi padre, mi madre, mi tío Gaudencio y su esposa Genoveva. Aquellos que creen en la reencarnación del alma perderían el tiempo tratando de convencerme que eso es una prueba de su teoría, sólo acepto la Encarnación de Jesucristo que es el acto de haberse hecho carne (ser humano) siendo Dios. Pero bueno, este no es el lugar para entrar en detalles filosóficos ni teológicos, dejémoslo ahí por ahora.

Lo cierto es que tenía yo tan sólo dos años de edad en 1960 (corroborado por mi madre que tiene una foto del instante que ahora describo), por cierto una edad muy corta como para poder recordar un hecho así, de acuerdo con las teorías psicológicas que dicen que es a partir de los 5 años de edad, mas o menos, que podemos recordar los momentos vividos en nuestra infancia.

Estábamos en uno de los parques más antiguos y grandes que conozco en Lima, "El Campo de Marte", éste se divide en varios sectores de jardines triangulares en su mayoría, llenos de un césped siempre verde y rodeado de árboles que yo veía enormes. No sabía a qué especie de vegetales correspondían, pero miraba alrededor y me parecía un inmenso campo que no tenía límites alrededor.

Ese día, me imagino yo, salimos a pasear a dicho parque porque quedaba cerca del taller de mi papá (eso lo sé ahora). No sé que día era, posiblemente domingo en la tarde porque era el único día libre que mi padre se daba durante la semana. Me acuerdo que llegamos, entramos a uno de los jardines gramados y de un momento a otro, mi tío Gaudencio me cargó en sus brazos y mi papá tomó la foto. Mi madre y mi tía riéndose de la escena porque parecía que yo estaba tratando caminar por mis propios medios desde los brazos de mi madre hacia los de mi tío.

Dicho sea de paso, este tío fue uno de los que en mi infancia y adolescencia, siempre me trataba con mucho afecto, a pesar de tener un temperamento no tan expresivo. Hablaba siempre bien de mí, se daba tiempo para jugar conmigo cuando estaba en mi casa y hasta me puso un apodo ya que en ese tiempo aún no existía mi hermana menor: "El Príncipe Azul", ja, ja, ja, hasta ahora me da risa, pero creo que me gustaba el alias, sólo que eso cambió cuando nació mi hermana Sarita, entonces me empezó a vacilar con que me habían desplazado del principado.

Como mencioné antes, de este momento quedó grabada una imagen fotográfica, en blanco y negro por su puesto, que mi madre debe tener guardada hasta ahora en esos álbumes antiguos, de pasta dura y labrada en alto relieve que guarda con celo santo. Creo que en esta era de la tecnología, ya es tiempo que se suba a mi facebook, ¿no? Algún día...