LAS FAMOSAS TARDES EN EL TALLER DE MECÁNICA
Recuerdo que cuando contaba con 8 años de edad y hasta los 10 más o menos, la partida mi padre por las tardes, a su taller de mecánica del populoso y antiguo distrito de Breña, era algo que me empezó a llamar la atención. Resulta que, como a cualquier chiquillo de esa edad, me daba curiosidad por saber cómo trabajaba él tratando inconcientemente de imitarlo ya que el trabajo requería fuerza física, y yo admiraba esa cualidad de mi padre.
Por esos años yo pedía a ruegos a mi papá que me lleve por las tardes a su taller, pero él me lo impedía porque pensaba que debía dedicarme a los estudios, especialmente en primaria. Me decía que cuando sea más grandecito me llevaría con él y lo podría ayudar en cosas sencillas. Yo aguardaba emocionado ese momento de tomar las herramientas y arreglar bicicletas u otros vehículos menores que había visto cuando íbamos de pasada con mi madre al taller.
Pero llegó la adolescencia y con ella los cambios característicos que tenían que ver también con la psicología, los ideales, los gustos y... los amigos del barrio. Es cierto que cuando inicié a ir al taller con mi papá me gustaba raspar y lijar las pizas de las bicicletas para que él las pintara después. Posteriormente aprendí a desarmar, dar mantenimiento y armar dichos vehículos, pero las cosas fueron cambiando en mi y también mis gustos por utilizar las tardes con mis amigos.
No sé exactamente cuándo fue que empecé a aborrecer los llamados de mi papá para acompañarlos al taller, pero sí me acuerdo muy bien cuando llegadas las 3 de la tarde mi padre se despertaba de su siesta, entraba al baño para desaguar, se despedía de mi madre y al salir a la puerta de la casa lo primero que hacía era dar varios tronantes silbidos que dejaban medio sordo a quien estaba cerca a él.
A veces, calculando el horario, me iba con mis amigos a pasear a algún parque cercano hasta que estaba seguro que mi padre se había cansado de llamarme y había partido sin mi. En otras oportunidades me escondía detrás de los carros estacionados frente a la casa y algunas veces recuerdo haber metido mi cuerpo delgado al ropero, debajo de la cama o en el baño de servicio. Lo cierto es que mi objetivo se cumplía, aunque a veces sabía lo que me esperaba a su regreso por la noche; mi esperanza era que al llegar mi padre, luego de tomar su cena, se vaya a la iglesia y al retornar a casa ya me encuentre dormido.
Las tardes en el taller se convirtieron en una "pérdida de tiempo" para mi que mejor hubiese sido pasarla jugando fulbito con los amigos, haciendo carreras en bicicleta o yendonos a mirar televisión a la casa de uno de ellos. Por lo menos así pensaba por esas épocas, hasta que me di cuenta que el taller no era sólo lugar de trabajo forzado, sino también la oportunidad para conocer a alguna simpática chica que iba a dejar su bicicleta para reparación o pintado; yo era medio vergonzoso, pero una chica linda nunca se me pasaba por alto, a pesar de estar con ropa de trabajo que, como sabrán, no era la mejor presentación ante una damicela de barrio pituco. Pero esa... es otra historia. ¿Qué recuerdos no?