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El Blog de Josue Fernando V. J.

SALVADOS POR UN PELO

Cada feriado era para mi familia, compuesta por seis miembros, una salida de paseo, a buscar el sol en Chosica si era verano o a refrescarse en una playa del sur si era invierno. Mi padre tenía un auto Ford color verde claro al que le habíamos puesto de apelativo "El avispón verde", en el cual nos trasladábamos con mucha bulla y alegría al destino señalado. Antes de salir a cualquier lugar, mi papá dirigía una pequeña oración dentro del carro y listo, salíamos cantando un coro cristiano conocido por todos.

Recuerdo que ese día salimos además acompañados de mi tía Susy, hermana de mi mamá e íbamos llenos en la parte trasera del vehículo. La rutina era llegar al grifo más cercano de la casa, echarle gasolina al tanque y verificar el aire de los neumáticos. Nos dirigíamos a Chosica. En la carretera siempre parábamos el auto para comprar frutas en Yerbateros, plátanos, naranjas, mandarinas y a veces uvas.

Mis padres estaban acostumbrados a cargar en la maletera con los alimentos preparados desde muy temprano por mi mamá. La clásica comida era Arroz con Pollo, ensalada, frutas y mucho líquido. Nosotros llevábamos nuestros implementos deportivos y muchas ganas de divertirnos, sólo cuidándonos de las capturas de mi papá que quería meternos a todos a la piscina, como jugando, pero a la fuerza.

Pasamos Vitarte después de visitar por unos momentos a los tíos Pedro y Jobita, luego partimos rumbo a nuestro destino. Ese día había muchos carros que viajaban como nosotros. Mi madre, con su serenidad a toda prueba, a veces le decía a mi papá: "con cuidado Fernando, nadie nos apura", ya que a él al ver la carretera despejada se le daba por aumentar la velocidad.

Resulta que al pasar Santa Clara, había una fila de carros que trataban de pasarse unos a otros aprovechando los pocos espacios a los costados. Cuando llegamos a cierto lugar donde se divisaban campos de sembrío por ambos lados de la pista, nos damos cuenta que la fila de autos estaba yendo a velocidad y mi padre por supuesto no se quedaba atrás.

De pronto vemos que unos autos más adelante de nosotros empiezan a frenar intempestivamente y como estaban cercanos, me imagino no guardando la distancia debida, suceden los choques de uno a otro. En ese momento, cuando todo hacía suponer que nosotros lógicamente seríamos parte del acordeón de vehículos aplastados, no sé cómo y en qué momento, veo a mi papá hacer una acción malabarística, girar el timón hacia el carril de la derecha y con las mismas volver a girar hacia la izquierda para no caer en el sardinel de la carretera.

En el momento en que hacía esa maniobra, me acuerdo como si fuera una película en cámara lenta, que el auto que estaba detrás de nosotros chocaba al que estuvo a nuestro delante y le abría la maletera con el impacto. Más atrás los demás autos se chocaban unos a otros. Después de unos segundos mi papá pudo estacionar su carro a un lado de la carretera para ir a auxiliar a los heridos.

Bajamos del carro y nos dimos cuenta que el choque había dejado una veintena de autos chocados por delante y por detrás. La causa principal fue el reventón de una llanta del primer auto que empezó a frenar y todos los demás se le vinieron encima. A nosotros por ser pequeños, no nos permitieron observar los heridos y demás daños, pero me acuerdo mucha gente llorando, los bomberos y patrulleros llegando a auxiliar a los heridos y todo un caos vehicular en la carretera principal de Lima al centro del país.

Mi papá, después de todo el ajetreo, volvió al auto y dirigió una oración de gratitud a Dios por salvarnos del accidente. En el camino nos contaba que él, al ver los choques delante suyo y que era casi seguro que él también entraría en la seguidilla de autos aplastados, sólo pensó salir de ese carril e hizo lo mejor que pudo no estando seguro si iba poder evitar el choque.

Él atribuyó a Dios toda la maniobra porque, según lo veía, era imposible que estando tan cerca del auto delantero pudiera salir sin rasguño alguno, pero así fue. Todos quedamos con la misma sensación de gratitud al Señor y reanudamos el viaje a nuestro destino.

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