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El Blog de Josue Fernando V. J.

TESTIMONIOS

Tomando conciencia del Evangelio de Jesucristo

Cuando empecé a tomar conciencia de las costumbres y tradiciones que había en mi familia, me di cuenta que formaba parte de una familia evangélica practicante en la que había nacido y dentro de una iglesia protestante, heredera de las iglesias historicas de Europa. 

Asistíamos inquebrantablemente a la Escuela Dominical de la Iglesia Evangélica Peruana en Magdalena, Lima, Perú, cada domingo en la mañana donde mis padres estaban comprometidos con el trabajo que la congregación desarrollaba. Yo y mis hermanos nos acostumbramos, tanto en la casa como en el templo, a cantar coros espirituales e himnos traidos de otras latitudes y que exponían las doctrinas y prácticas de nuestra iglesia. 

No eran pocas, la Iglesia Evangélica Peruana se había extendido principalmente por el centro y sur de nuestra patria y había formado congregaciones de 50 o 100 miembros en la Costa, Sierra y posteriormente Selva del país. Nos acostumbramos a participar de las famosas Convenciones en diferentes puntos del Perú, aunque, valgan verdades, a mis hermanos y a mí, eso no nos hacía mucha diferencia, en realidad sólo teníamos costumbres religiosas diferentes de las de nuestros amigos de barrio o colegio.

Recuerdo que en el colegio me sentía raro al compararme con los demás que eran herederos de una fe católica que ni ellos ni yo entendíamos. Ibamos a la parroquia pero yo no participaba. Mi madre me decía que me podía persignar como los demás como para respetar las actividades programadas, que no había problema con eso porque no nos afectaba, pero que teníamos otra forma de acercarnos a Dios.

Al terminar la primaria pasé a otro colegio y todos me decían que sería muy diferente. Eran muchos profesores, más cursos y muchachos grandes y a veces con malas costumbres. Entré a la secundaria entendí que lo que me habían dicho no era mentira. No era yo de hacer muchos amigos, más bien pocos, pero me gustaba andar con ellos de regreso a la casa. Fue con ellos que aprendí a usar mis primeras palabras soeces para tratar a los demás, pero como en mi casa no se hablaba así, me cuidaba de no hacerlo frente a mi familia.

Lamentablemente aprendí también a "tirarme la pera", es decir, llegar al colegio y e vez de entrar, irme con algunos amigos al cine o a algún parque lejano para pasar el tiempo jugando, bromeando y conversando de todo un poco. Allí también fumé mis primeros cigarros, principalmente para no desentonar con la costumbre de los demás; a esa edad ningún adolescente quiere parecer raro para que no lo tomen como "punto".

Los estudios iban regular, no destacaba, pero tampoco estaba entre los últimos, mis padres no se preocupaban mucho porque me veían que tenía un carácter tranquilo y al parecer sano. Mi hermano Samuel, que también estaba en el mismo colegio, más adelantado que yo, me contaba que tenía amigos que fumaban marihuana y eran más "superados". Él mismo, lo supe después, fumaba con ellos y me contaba sus historias.

Como al medio año, alguien llevó marihuana al colegio y cuando no entrábamos a estudiar nos íbamos a vagar. Fue allí cuando por primera vez me invitaron a probarla; yo dije que no porque tenía el temor de no saber controlarme y empezar a hacer cosas incoherentes que después mis padres se darían cuenta. Ese año no lo fumé, aunque muchos de mis amigos sí lo hacían.

El siguiente año, no me acuerdo exactamente por qué ni en qué circunstancias, pero me animé a probar la droga... y me gustó la experiencia. Ahora formaba parte de los "superados" que escuchaba música rock, hablaba con un acento especial, se vestían a la moda extranjera, caminaba alzando los talones y tenía amigos de otro nivel social. A diferencia de los "achorados" que escuchaban música "chicha", se vestían como ladrones, llevaban "chavetas" afiladas y su vocabulario era el de los lumpen.

Los dos grupos como que se soportaban en el colegio, aunque si uno de cualquier grupo buscaba bronca a otro del grupo adverso, seguro que a la salida había enfrentamiento de bandas. Yo me mantenía entre los pacíficos para evitar problemas a mis padres o expulsiones en el colegio. Aunque alguna vez sí me enfrenté a uno de los achorados, pero no fue algo que pasó a mayores.

A partir de ese año la marihuana se hizo más accesible a nosotros y en cada fiesta o reunión de amigos ella era la invitada imprescindible. Andábamos para todos lados con mi amigo Juan Tataje, un flaco alto, cara larga, hablador hasta los codos y a quien mi padre le puso como chapa "roba focos". Fue una pena muy grande cuando me enteré que él quedó afectado de la cabeza porque se drogaba sin alimentarse bien, además de otros problemas familiares.

En el barrio y en el colegio se conocían nuestros vicios, pero en mi casa sólo se llegaron a enterar cuando yo mismo les conté años después de que había salido de todo eso. Lo único que se enteraron mis padres fue de una vez que estaba en 4º de secundaria y el profesor que tocaba no había llegado, entonces todos hacían lo que querían porque los auxiliares no se abastecían para tantos alumnos.

Viendo que no habían autoridades, la puerta estaba cerrada y los ventanales inmensos estaban abiertos pero no se veía desde afuera, me animé a prender un cigarrillo, haciéndome el atrevido. En el momento que estoy dando la primera pitada y apagando el palito de fósforo, entra el auxiliar y me mira de frente.

-Vivanco, a la Dirección-

No había explicación que valga. Me pescaron in fraganti. Llamaron a mis padres, le contaron todo, me suspendieron algunos días y en mi casa mi querido padre, sorprendido sobremanera por mi actitud, me dio un sermón delante de toda la familia, luego del cual recibí unos chicotazos en el poto para olvidar el vicio. Sólo que no fue suficiente. Mis padres ni se imaginaban en qué andaba su pequeño Ochito.

Resulta que en los años posteriores, en vez de reflexionar en mi futuro, el vicio se hizo más necesario. Ahora me había contactado con otros muchachos de otros distritos de Lima, con mucho más recorrido en las drogas. Llegué a fumar marihuana peruana, colombiana y africana, hachís, las llamadas "pepas" de diferentes colores, sabores y tamaños, y cocaína mezclada con marihuana, los llamados mixtos.

Cuando llegó el momento de experimentar con las jeringas, como hacían otros amigos, dije que no. Sabía que si entraba en ese otro mundo de la adicción profunda, no podría salir. Además el temor de conocer el evangelio sabiendo que era malo lo que hacía y me daba mala conciencia, junto con la lectura de libros de ex adictos, me ayudaron a no pasarme de la línea.

Hasta en la iglesia a donde iba encontré algunos chicos que también estaban experimentando con las drogas, pero en ese tiempo no contábamos con algún joven o adulto que comprendiera las preocupaciones e inquietudes de los adolescentes, o era que lo ocultábamos tan bien que nadie nos habló directamente del tema.

Toda mi secundaria la pasé estudiando en medio de cigarros y drogas que sabía solapar muy bien cuando llegaba a casa. A veces también tomaba trago corto, pero no era tanto. Hasta que llegó un día en que acompañé a mi padre al culto dominical de la noche, donde desde pequeño había visto lleno el templo. Esa noche sentí un dolor profundo en el corazón por ver a "mi iglesia" casi vacía. Cuando terminó el culto regresamos a casa y al entrar en mi dormitorio me puse a llorar con una carga muy grande.

Ese fue el primer golpe que sentí de parte de Dios para empezar a preocuparme concientemente por el desarrollo de su obra. En vez de salir con mis amigos me entró un deseo profundo de orar y leer la Biblia todos los días. Quise asistir a las reuniones de los jóvenes los sábados y poco a poco sentí una necesidad más profunda de relacionarme personalmente con Dios.

Coincidió entonces el tiempo de terminar los estudios de secundaria con éstas nuevas experiencias espirituales que me desafiaron a decirle a Dios en oración:

-"Si tú eres real y todo lo que me enseñaron mis padres es cierto, entonces demuéstramelo ayudándome a cambiar mi vida, dejar mis vicios y acéptame como un hijo tuyo".

No sucedió nada extraordinario, solamente sentía una tranquilidad muy especial al saber que por fin podría alcanzar un objetivo que me proponía cada vez que terminaba uno de los tantos campamentos cristianos a donde mis padres me enviaban, poder vivir un compromiso permanente con Dios y servirle.

Los días siguientes a esta decisión fueron diferentes, pero quienes primero se dieron cuenta de mi cambio fueron mis amigos del barrio. Cuando me preguntaron sobre por qué actuaba de otra manera, les conté mi experiencia y los nuevos deseos que tenía de agradar a Dios. Ellos empezaron a bromearme y a decir que ya se me va a pasar. Pero no fue así.

A los 18 años de edad, el 8 de diciembre del año 1976, decidí bautizarme. Tuve la alegría de ser bautizado por mi propio padre que era Anciano de la iglesia. Al siguiente mes, Enero 1977 tomé un curso rápido de evangelización con los "Segadores de la Cosecha" y los futuros primeros jóvenes misioneros de A.M.E.N. Nos fuimos a practicar por tres meses a la norteña ciudad de Trujillo y luego más al norte, a Chulucanas, Piura. 

La experiencia resultó excelente, regresé con inmensas ganas de trabajar con los jóvenes de mi iglesia y allí me dieron la oportunidad de desarrollar mis dones por medio de los diferentes cargos para los que fui elegido. Mientras, en mi barrio empecé a testificar a mis amigos y vecinos, quienes a veces organizaban un lonchecito en casa de alguna de las chicas para hacerme todo tipo de preguntas religiosasy espirituales. Fue una experiencia inolvidable. Los que antes me bromeaban, empezaron a pedirme consejos cuando estaban en problemas con sus padres o sus enamoradas.

El desarrollo del pastorado posterior es motivo de otro testimonio.