¿QUÉ ALEGRABA A JESUS?
En la vida cristiana, una de las cosas que siempre he visto renacer en los cristianos es la alegría. Hay muchos testimonios de que al aceptar a Cristo como Salvador y Señor de su vida, las cosas cambiaron y volvió la alegría a la vida.
Con el tiempo y los cambios sociales, políticos, económicos, filosóficos y religiosos en el mundo, he visto que la alegría de muchos cristianos ya no se basa sólo en un nuevo nacimiento de fe, sino en tener más plata en el bolsillo, una mejor posición económica y cierto status social y para llegar a ello han adecuado el evangelio a las exigencias modernas de la globalización capitalista.
Por eso, y como siempre Jesucristo ha sido la referencia indiscutible de fe y conducta para el creyente evangelico, me preguntaba ¿Qué era lo que alegraba la vida de Jesús? En eso se origina esta breve reflexión.
Partimos del texto de Lucas 10:21:
" En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó".
El contexto literario nos aclara que Jesús había enviado a 70 discípulos suyos a compartir el shalom (paz integral para todos) (10:5) y a predicar la llegada del Reino de Dios con señales de misericordia para los humildes (10:9-11).
Después de cumplir obedientemente su tarea, los 70 regresan a Jesús para contarle todas sus experiencias, pero lo que más les admira y alegra a ellos es que los demonios se les sujetaban (10:17). Jesús les responde que eso es posible porque el poder de Satanás, el enemigo de la paz humana, ha caido y que a ellos (discípulos obedientes) nos les hará daño (10:18,19).
Pero, acto seguido, el maestro corrige su falsa motivación para enseñarles en qué sí deben regocijarse. Les dice que no deben alegrarse por el poder de dominar al enemigo, ya que ese poder no es suyo sino de Dios y les enseña que sí deben hacerlo en la gracia y misericordia de Dios que llegó para ellos (10:20).
Él mismo demuestra su enorme alegría y guiado por el Espíritu de Dios expresa su principal motivación:
1. Que su Padre escondió lo que ellos experimentaron (la gracia, misericordia y poder de Dios) de los "inteligentes" y "capaces" del mundo.
2. Que quiso dárselo a los "niños" (humildes, menos preparados e incapaces del mismo mundo).
3. Que lo que había hecho era muy bueno y agradable para Él.
En otras palabras, frente a la desigualdad económica, política, intelectual, social y religiosa que había en la sociedad, Dios había desechado a los de arriba de la pirámide social (acaparadores del poder), para preferir compartir su revelación graciosa, misericordiosa y poderosa con los más humildes, y que eso le agradó mucho.
Y para refrendar este hecho, en el pasaje que sigue (10:25-37) un intérprete de la ley (de los de arriba) trata de escaparse de la exigencia del amor al prójimo diciéndole a Jesús que era muy difícil saber quién era su prójimo, por lo tanto era imposible practicar el amor que Él proponía.
El Señor, con toda paciencia, le cuenta un relato donde ridiculiza a los "grandes de la sociedad" que por su "grandeza" no pueden darse cuenta de la necesidad de los demás. Entonces le enseña que para reconocer a su prójimo no tiene que buscar mucho, porque no depende de su inteligencia o poder, sino de su actitud de corazón para con los débiles, él mismo debe hacerse prójimo de los despojados, heridos y medio muertos de la sociedad.
Para concluir diremos que la alegría del cristiano no debe estar en la búsqueda de grandeza, poder o dinero que pueda adquirir, sino en la capacidad de despojarse a sí mismos para compartir su vida (tiempo, capacidades, dinero, sufrimientos y esperanzas) con los más necesitados de nuestra sociedad.