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El Blog de Josue Fernando V. J.

MORALIDAD DE NUESTROS DIAS

¿QUÉ ALEGRABA A JESUS?

En la vida cristiana, una de las cosas que siempre he visto renacer en los cristianos es la alegría. Hay muchos testimonios de que al aceptar a Cristo como Salvador y Señor de su vida, las cosas cambiaron y volvió la alegría a la vida.

Con el tiempo y los cambios sociales, políticos, económicos, filosóficos y religiosos en el mundo, he visto que la alegría de muchos cristianos ya no se basa sólo en un nuevo nacimiento de fe, sino en tener más plata en el bolsillo, una mejor posición económica y cierto status social y para llegar a ello han adecuado el evangelio a las exigencias modernas de la globalización capitalista.

Por eso, y como siempre Jesucristo ha sido la referencia indiscutible de fe y conducta para el creyente evangelico, me preguntaba ¿Qué era lo que alegraba la vida de Jesús? En eso se origina esta breve reflexión.  

Partimos del texto de Lucas 10:21:

 " En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó".

El contexto literario nos aclara que Jesús había enviado a 70 discípulos suyos a compartir el shalom (paz integral para todos) (10:5) y a predicar la llegada del Reino de Dios con señales de misericordia para los humildes (10:9-11).

Después de cumplir obedientemente su tarea, los 70 regresan a Jesús para contarle todas sus experiencias, pero lo que más les admira y alegra a ellos es que los demonios se les sujetaban (10:17). Jesús les responde que eso es posible porque el poder de Satanás, el enemigo de la paz humana, ha caido y que a ellos (discípulos obedientes) nos les hará daño (10:18,19).

Pero, acto seguido, el maestro corrige su falsa motivación para enseñarles en qué sí deben regocijarse. Les dice que no deben alegrarse por el poder de dominar al enemigo, ya que ese poder no es suyo sino de Dios y les enseña que sí deben hacerlo en la gracia y misericordia de Dios que llegó para ellos (10:20).

Él mismo demuestra su enorme alegría y guiado por el Espíritu de Dios expresa su principal motivación:

1. Que su Padre escondió lo que ellos experimentaron (la gracia, misericordia y poder de Dios) de los "inteligentes" y "capaces" del mundo.

2. Que quiso dárselo a los "niños" (humildes, menos preparados e incapaces del mismo mundo).

3. Que lo que había hecho era muy bueno y agradable para Él.

En otras palabras, frente a la desigualdad económica, política, intelectual, social y religiosa que había en la sociedad, Dios había desechado a los de arriba de la pirámide social (acaparadores del poder), para preferir compartir su revelación graciosa, misericordiosa y poderosa con los más humildes, y que eso le agradó mucho.

Y para refrendar este hecho, en el pasaje que sigue (10:25-37) un intérprete de la ley (de los de arriba) trata de escaparse de la exigencia del amor al prójimo diciéndole a Jesús que era muy difícil saber quién era su prójimo, por lo tanto era imposible practicar el amor que Él proponía.

El Señor, con toda paciencia, le cuenta un relato donde ridiculiza a los "grandes de la sociedad" que por su "grandeza" no pueden darse cuenta de la necesidad de los demás. Entonces le enseña que para reconocer a su prójimo no tiene que buscar mucho, porque no depende de su inteligencia o poder, sino de su actitud de corazón para con los débiles, él mismo debe hacerse prójimo de los despojados, heridos y medio muertos de la sociedad.

Para concluir diremos que la alegría del cristiano no debe estar en la búsqueda de grandeza, poder o dinero que pueda adquirir, sino en la capacidad de despojarse a sí mismos para compartir su vida (tiempo, capacidades, dinero, sufrimientos y esperanzas) con los más necesitados de nuestra sociedad.

¿Era Jesús siempre amable? (¿Insultaba Jesús a sus enemigos?)

Juan Stam, Costa Rica

Hace poco leí algo que me hizo pensar. "Jesús dijo las verdades", afirmaba una carta circular que me llegó, "pero nunca insultó, sino que trató con respeto a todas las personas."

Esa visión de un Jesús siempre amable es muy común, pero tenemos que preguntarnos si realmente corresponde al Jesús del Nuevo Testamento. Todos tenemos una tendencia de visualizar a Jesús, en mayor o menor grado, a nuestra propia imagen y semejanza, conforme suponemos que debía haber sido y no como era.

Según el testimonio de los cuatro evangelios, Jesús más de una vez insultaba a sus enemigos. El cuarto evangelio nos relata que dijo a los judíos, "Ustedes son hijos de su padre el diablo" (Jn 8:31,44), que no era exactamente un piropo. A Pedro en una ocasión lo llamó "Satanás" (Mt 16:23; Mr 8:33; o agente de Satanás, que también era insulto). Al rey Herodes le llamó "aquella zorra" (Lc 13:32). Y a los escribas y fariseos, ¡con cuántos insultos no los agredía! En un solo discurso mateano (Mat 23; cf. 6:1-3), Jesús los tilda de vanidosos y pretenciosos, hipócitas (repetido siete veces, para mayor énfasis), devoradores de casas de viudas, insensatos, necios,  guías ciegos, sepulcros blanqueados, serpientes y generación de víboras. ¡Qué lenguaje más agresivo de este Nazareno!

Los profetas también insultaban a menudo. Amós, llamó a las mujeres ricas de Samaria "vacas de Basán". El término favorito de Ezequiel para los ídolos era "excremento" (GiLûLîM, 38 veces entre 6:4 y 44:12 con el sentido de "ese excremento que adoran ustedes"), una ofensa tan cruda que ninguna versión hoy la traduce literalmente. Juan el Bautista llamó "generación de víboras" a sus oyentes ( Mt 3:70) y denunció los pecados de Herodes, tan drásticamente que Herodes lo mató (Lc 3:19). San Pablo denunció al mago Barjesús como "hijo del diablo" (Hcn 13:10), acusó a Bernabé y Pedro públicamente de hipocrecía (Gál 2:12-14) y declaró malditos a los judaizantes de Galacia y a todos los que predican otro evangelio (Gál 1:8; cf. 5:1-13). En el Apocalipsis, Jesús llama a los judíos de Esmirna y Filadelfia "sinagoga de Satanás" (Ap 2:9; 3:9) y felicita a la iglesia de Éfeso por aborrecer las obras y la doctrina de los nicolaítas, como él también las aborrece (Ap 2:6, ¡a la misma iglesia a la que acusa de perder el primer amor 2.4; cf. 2:15!). A la iglesia de Pérgamo, Cristo viene con espada a pelear contra esos nicolaítas. En 13:1-3, Juan muestra que el imperio romano (la bestia, en su sentido inmediato) fue establecido por el dragón y que culto al emperador era culto satánico. De la historia de la teología y sus invectivas mordaces (Agustín, Lutero, Calvino), mejor ni hablar. Bastan los ejemplos bíblicos.

Hay una paradoja muy significativa en las relaciones humanas de Jesús. Se pronunció a favor de los pobres ("Bienaventurados ustedes los pobres") pero era hostil contra los ricos ("Ay de ustedes ricos", Lc 6:20,24; cf. Mt 19:23-26; Mr 12:41; Lc 16:19; 18:23; 19:8-9). Para "los de abajo" (publicanos, adúlteras, rameras, pobres) Jesús tenía sólo palabra compasivas, de comprensión y perdón, mientras a "los de arriba" (ricos, fariseos, sacerdotes, escribas), cuesta mucho encontrar palabras que no sean severas y, reconozcámoslo, a menudo insultantes. Ni al gran maestro Nicodemo le mostró deferencia alguna. Una paradoja similar marca la figura de Jesús como Príncipe de Paz, pero que no había venido a traer paz a la tierra sino espada (Mt 10:34):


Podemos notar aquí también que el Jesús de los evangelios se enojaba ante la injusticia, la falsedad y el pecado (cf. Apoc 2:6). Nunca se enojó por lo que le afectaba en lo personal; ante el juicio totalmente injusto con que lo condenaron, no abrió su boca. Pero cuando sanó a un enfermo y los fariseos, indiferentes al sufrimiento humano, se dedicaban a ponerle trampas legalistas, vemos a Jesus "mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones" (Mr 3:5). Y a los mismos discípulos, cuando impedían a los niños venir a él, "se indignó" (Gr aganaktew, enojarse). A veces es pecado no enojarse. Un Jesús incapaz de enojarse ante la injusticia no sería nada convincente, ni sería Hijo de Dios.

Tomás Münzer, el reformador anabautista del siglo XVI, protestaba "la bondad ficticia" de un Cristo dulce, desconociendo al Cristo amargo de los evangelios. El Cristo dulce es el Cristo de la gracia barata, domesticado y aburguesado, un Cristo simpático y complaciente.

En fin ¿era Jesús "amable" o no? Pues, ¿qué significa "amable"? Significa que actúa movido y guiado por el amor. ¿Y que es el amor? La esencia del amor no consiste en sensaciones placenteras y sentimientos agradables. Si así fuera, Jesús no podría mandarnos a amar a nuestros enemigos, que nos caen mal y no nos agradan. Amor es fundamentalmente buscar el bien del otro, en las formas que mejor corresponden. En la severidad de sus denuncias, Jesús expresaba su profundo amor hacia los fariseos, aun en las expresiones que nos parecen insultantes según los criterios de nuestra cultura moderna.

No cabe duda de que tolerancia, generosidad y respeto son valores, pero no son los únicos valores ni necesariamente los valores prioritarios. Sobre todo, no debemos imponerlos encima de la figura del Jesús de los evangelios y de las exigencias de valentía (aun osadía) profética que nos enseñan las escrituras.

Moral farisea

Farisea se llama en la Biblia a la doble moral, hipócrita, la que dice una cosa y hace otra, la que juzga a los demás con estándares que no se aplican a sí misma. Tienen moral farisea los que en público condenan a otros, pero en privado hacen lo mismo o peor, los que aparecen como impolutos portadores de la verdad pero esconden sus vicios privados y los niegan si se les descubren.


La moral farisea pulula en nuestro mundo. Muchos de los detentores del poder, en sus distintos grados y maneras, se erigen como jueces de “los otros”, los juzgan, condenan y castigan, publicitan a los cuatro vientos sus conclusiones y se rasgan las vestiduras pero, por detrás, sin parar en mientes, se ceban en lo mismo o peor, pero con ellos son indulgentes y justificativos.


No hay nadie más fundamentalista, intolerante y abusivo que el portador de la moral farisea, la moral de la doble cara. Tal vez como mecanismo sicológico que intenta alejar de sí lo que considera condenable, pecaminoso, pero que no puede eliminar de su propio comportamiento, el portador de la moral farisea se ensaña con quien hace objeto de su atención persecutoria, lo anatemiza y repudia, y llama a los demás a que hagan lo mismo en aras de la pureza y la verdad.


Fariseos los que tiran la primera piedra y esconden la mano.


Fariseos los que a la hora de llamar a cuentas salen huyendo.


Moral farisea la de los que se llenan la boca con la libertad de prensa, hacen de ella su portaestandarte, convocan reuniones internacionales para cuidarla y protegerla, hacen declaraciones altisonantes desde hemiciclos bien iluminados y climatizados, condenan a los que ellos consideran que la violan pero no dicen ni pío cuando, como está sucediendo en nuestros días, se desata una cacería implacable contra alguien que ha dado a conocer información que los pone a ellos al descubierto.


Fariseas las compañías que detentan la propiedad de medios de comunicación, de redes sociales como Facebook o Twitter, de portales en Internet, que cuando alguien divulga algo que consideran que no va con sus intereses corporativos o políticos lo censuran, lo marginan, todo con el afán que la gente no tenga acceso a lo que se dice para que no sepa lo que se está divulgando, para mantenerla en la ignorancia y poder, así, manipularla fácilmente, orientarla como ganado manso hacia donde ellos quieren.


Fariseos los gobiernos que se autoproclaman defensores del mundo libre, paladines de la libertad, que en nombre de tales valores justifican los más atroces procedimientos, aventuras bélicas, avasallamiento de países y pueblos en todas las esquinas del orbe, pero ponen el grito en el cielo cuando alguien pone al descubierto las matráfulas que están detrás de esa careta de santos inmaculados y desatan su ira como dioses tonantes ofendidos. Tomados de sorpresa, descubierta su doble moral, puesta en evidencia su farisaica forma de actuar, desatan su ira sobre el mensajero, sobre aquel que lo único que hizo fue exponer sus trapos sucios al sol, en donde todos los miran, ventilarlos más allá de la casa en donde ellos querían que quedaran guardados a la vista de todos.


Son los pájaros tirándole a las escopetas. El mundo patas arriba, como diría Galeano.

Moral farisea la del que, histriónicamente, deja la silla vacía de Liu Xiaobo en la sala en la que se entregan los Premios Nobel, pero no dice nada de la persecución desatada contra quien, de verdad, está haciendo temblar al poder dominante de nuestros días, a los Estados Unidos de América.


Moral farisea la de los poderosos del mundo contemporáneo, la de los que “construyen el consenso”, el sentido común, utilizando su poder económico, su detención abusiva de los medios.

 Rafael Cuevas Molina, Con Nuestra América 12.11.10, rafaelcuevasmolina@hotmail.com